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| Category - nuevo |
| Los libros |
Wednesday, 05 May 2010
Hace unos días que venían a mis recuendo las palabras de Paul Auster. Al comienzo de El Palacio de la Luna nos encontamos con estas palabras:
Viví en aquel apartamento con más de mil libros. Anteriormente habían pertenecido a mi tío Víctor, y él los había ido adquiriendo poco a poco a lo largo de treinta años. Justo antes de que me fuera a la universidad, me los ofreció, en un impulso, como regalo de despedida. Hice todo lo que pude para rehusarlo, pero el tío Víctor era un hombre generoso y sentimental, y no me permitió rechazarlo.
—No puedo darte ni dinero —dijo— ni consejos. Llévate los libros para complacerme.
Me llevé los libros, pero durante año y medio no abrí las cajas en donde estaban guardados. Mi propósito era convencer a mi tío de que aceptara que se los devolviera y no quería que les pasara nada mientras tanto.
Resultó que las cajas me fueron muy útiles en aquella situación. El apartamento de la calle 112 no estaba amueblado, y en vez de despilfarrar mis fondos en cosas que no quería ni podía permitirme, me dediqué a convertir las cajas en piezas de “un mobiliario imaginario”. Era algo parecido a hacer un rompecabezas: agrupar las cajas de cartón en configuraciones modulares, ponerlas en hilera, apilarías una encima de otra, colocarlas una y otra vez hasta que al fin empezaron a parecer objetos domésticos.
Un grupo de dieciséis me sirvió de soporte para el colchón, otro grupo de doce se convirtió en una mesa, otros de siete se convirtieron en sillas, uno de dos en cabecera.
El efecto general era bastante monocromático, con aquel sombrío marrón claro en todas partes donde miraras, pero no pude por menos de sentirme orgulloso de mi inventiva. A mis amigos les pareció un poco raro, pero ya habían aprendido a esperar de mí cosas raras. Imaginad la satisfacción, les explicaba, de meterte en la cama y saber que tus sueños van a descansar sobre la literatura norteamericana del siglo XIX. Imaginad el placer de sentarte a comer con todo el Renacimiento escondido debajo de la comida. En realidad, yo no tenía ni idea de qué libros había en cada caja, pero en aquel entonces yo era fantástico inventando historias, y me gustaba el sonido de aquellas frases, aunque fuesen mentira.
Mis muebles imaginarios permanecieron intactos casi un año. Luego, en la primavera de 1967, murió el tío Víctor.
Pues bien, ¿no pensáis que con los libros ofertados por las biliotecas, podía "amueblarse" el apartamente de Marco Fogg?
Angel Redero
Comment(s): 9 | Categories: nuevo |
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